Cromatismo

El adicto al rojo atravesó una cama king size en los carriles central de la a seis, justo a la altura perfecta para ver las sábanas ondear desde el paso elevado que estaba medio kilómetro más atrás. Tomó un cartón de palomitas, su silla plegable y se sentó a disfrutar del festival de frenazos del atardecer, y después con el atasco y con el principio de la oscuridad la larga indiana de luces rojas que iban encendiéndose según llegaban nuevos coches.
Con lo que no contaba era con la sangre de aquel tarado que empotró a ciento cincuenta su Altea contra el sedán que le precedía, tan ocupado en su teléfono rojo llamando a Moscú que ni siquiera pudo ver la muerte de frente. Entonces, como en las películas de terror, sí que se organizó una rojería siete en la escala pantone, y vinieron los bomberos y sus camiones rojos de sirenas y las ambulancias de la cruzroja y los autobuses rojos del ayuntamiento de Madrid tuvieron que quedarse a las puertas del atasco porque en la autopista no había carril bus, así que para cuando quiso darse cuenta estaba rodeado por todos sus istmos de su color preferido.
Durmió como un bebé hasta que un sol granada le empezó a picar en la curiosidad de la nariz. Al despertar, la cama seguía allí, todo el mundo se había ido con tanta prisa al disolverse el atasco que nadie se la había llevado. Y pronto empezaría la hora punta de entrada al trabajo.
Compraría fresas para acompañar al orgasmo.

Comentarios

adictaacruzarenrojo ha dicho que…
El adicto al rojo, para no acabar matándolo en una mezcla de amarillo y aguarrás, se lo creía para evitar pensar que era él (el rojo) el que no podía hacer nada más que infiltrarse por las raices de los árboles para llegar al centro de la tierra y desde ahí, con esa máquina esférica que todo lo controla, provocar la situación perfecta (clima y corbata incluidos) para que el rojo brotase a su paso. El rojo, adicto a él pues, tenía los días contados en una paleta cualquiera o en una nota acompañando al té americano de la Piola.

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